Clarissa Dalloway
jueves, marzo 05, 2009
En algún lugar del mundo hay un hada que sueña conmigo cuando yo cierro los ojos. Alguien que crea las hormiguitas que recorren toda la envoltura de mis formas. Un ser pequeñito que se mete en los agujeros de mi cuerpo y, dentro, me susurra tan bajito que ni siquiera puedo oírlo. Un espécimen que hace que toda mi piel se contraiga al sentir un repelús. Un hada que sigue mis juegos y que se queda despierta para verme dormir. Hada, tráeme la ilusión, te lo suplico, que esta noche se me ha perdido.
lunes, febrero 09, 2009
Casi hasta desaparecer
Tan chiquitita que nadie pudiese verme, que nadie me encontrase, que nadie me mirase, que nadie pudiese ni siquiera pisarme. Tan pequeña como la distancia existente entre dos cuerpos amantes; tanto que podría escalar por las narices de las personas y llegar a mil sitios transportada por el viento. Pequeña, pequeña, tanto que a veces no pudiese encontrar ni mis propios pies, es más, tanto que no sabría si podría llegar a tener dedos en los pies. Ni siquiera se me apreciaría con el mayor aumento de un microscopio, sería como existir pero sin que nadie lo supiera. Me metería dentro de las caracolas y utilizaría a las hormigas como autobuses sólo para mí. Me vestiría con un pelo de un gato, abierto por la mitad por supuesto, y sería tan ligera que podría llegar de un salto a la luna, y luego volver en un solo minuto. Nunca tendría miedo, porque, como nadie sabría de mi existencia, nadie podría ni tan siquiera pensar en hacerme daño. Sería como ser libre, recorriendo otros cuerpos, escuchando mil historias de mil personas distintas mientras estuviese sentada en sus orejas o en alguna de sus pestañas. Si algún día consigo reducirme tantísimo, os traeré un regalo de la luna, y aunque mi peso no me permita transportar cosas muy grandes y, os traiga un detalle más pequeñito incluso que yo, recordad que un día prometí traeros algo de otro planeta. Así que no os limpiéis los oídos demasiado fuerte, porque quizás sea ahí donde os lo guarde por siempre.
sábado, febrero 23, 2008
Llama moribunda, vela agonizante
Frente a la luz de aquella moribunda vela sonreía. Consumía sus últimos recuerdos mientras me veía dormir. Pero yo no dormía, la observaba.
Se tapó un poco con la sábana, cubrió su pecho y desnudó su alma. Su espalda quedaba desnuda dejándome soñar despierta con su belleza y con su latir.
Era esa la felicidad, mirar los pliegues que hacía aquella sábana al rodear a la mujer a la que había amado toda la noche, con la que me había fundido hasta hacernos una.
Ahora mi corazón latía en ella como laten en mí las ciudades a las que añoro, como retumba en mí su último te quiero. Late como esa llama agonizante luchando para no morir, como ese humo que rodea sus manos para luego tocar las mías, como yo me despojaría de los ropajes que envuelven mi ser por un beso más, por un te quiero más, por una vela más iluminando su espalda.
Se tapó un poco con la sábana, cubrió su pecho y desnudó su alma. Su espalda quedaba desnuda dejándome soñar despierta con su belleza y con su latir.
Era esa la felicidad, mirar los pliegues que hacía aquella sábana al rodear a la mujer a la que había amado toda la noche, con la que me había fundido hasta hacernos una.
Ahora mi corazón latía en ella como laten en mí las ciudades a las que añoro, como retumba en mí su último te quiero. Late como esa llama agonizante luchando para no morir, como ese humo que rodea sus manos para luego tocar las mías, como yo me despojaría de los ropajes que envuelven mi ser por un beso más, por un te quiero más, por una vela más iluminando su espalda.
Quiero saber a limón y oler a violetas
Quisiera correr, huir, deshacerme, descomponer mi cuerpo y convertirme en polvo hasta formar parte del viento y del sonido que sale de las espirales de las caracolas.
Que la materia de la que estoy compuesta se dividiese en infinitas partículas con sabor a limón y olor a violetas, y que éstas corriesen introduciéndose en millones de personas distintas a través de sus respiraciones. Que esas motas de polvo llegasen muy lejos y fuesen muy rápido llamándolas entonces “fugaces”. Así, algunas zonas de mí serían libres y otras estarían encarceladas en reyes y en estrellas. Sería libre y me diluiría en el agua, incluso en tus lágrimas, y flotaría en el aceite pudiendo alejar todo lo malo.
Que la materia de la que estoy compuesta se dividiese en infinitas partículas con sabor a limón y olor a violetas, y que éstas corriesen introduciéndose en millones de personas distintas a través de sus respiraciones. Que esas motas de polvo llegasen muy lejos y fuesen muy rápido llamándolas entonces “fugaces”. Así, algunas zonas de mí serían libres y otras estarían encarceladas en reyes y en estrellas. Sería libre y me diluiría en el agua, incluso en tus lágrimas, y flotaría en el aceite pudiendo alejar todo lo malo.
Quisiera amar sin que existiese un por qué, quisiera amarte sin que existiera nada más ni más nadie. A veces, cuando veo que eso no es posible, deseo desaparecer y salir volando, pero entonces te veo a mi lado, permanente, dulce y serena, protegiéndome, y me vuelves a hacer feliz, haces que vuelva a sonreír, haciéndome entender que es mejor, en vez de descomponerme en millones de augurios de tormenta, seguir siendo un mismo ente, para, al unirme contigo, convertirme en medio ser y transformarme en tu mitad.
jueves, noviembre 08, 2007
Media hora desde las 2.35
Ver un escalón sin ver. Sentir un obstáculo. Escuchar tus pisadas aunque no existan. Sentirte cerca aunque no estés. Aunque nunca estés. Calles, nombres, números. Trabajo. De verdad importa? Un niño vive sin eso. Sólo con ilusión. Un querer seguir, surgir, caer, levantarse, llorar. Ríe.
Los pasos siguen el ritmo de la música. Parece fácil, pero... hoy aún no me he levantado. He movido mi cuerpo pero aún no mi alma. Dónde está? Con quién está? Tildes, aroma a castañas.
Una madre me sonríe mientras sostiene un niño y empuja un carro. Esa fuerza quiero.
Amo esa sonrisa perdida en mí, en ella, olvidada hace apenas 20 segundos. 20 segundos de ruido, de contaminación.
¿Será feliz? Por qué me importa si no la conozco? Soy feliz yo? Puedo subir un escalón sin verlo? En realidad te siento? Me siento tal vez? Ese ruido de llaves, esa fuerza que se refleja al cerrar la puerta. En ese vibrar se concentra su valor y su dolor. Su cansancio. Su felicidad sin poseer nada. Eso poseo yo: nada. Sólo palabras, pensamientos, conocimientos. Útiles, inútiles. Para mí; la vida. El respirar a través de ellos, de ella, de ti. De la luz, del frío que me apuñala por la espalda a través de este muro de mármol. Frío. Como tanta gente. Como tantas miradas. Tanta soledad. Empezamos a andar agarrados de una mano y, una vez esa mano nos suelta, ya estamos solos. Para siempre. Por siempre. Echo de menos tantas cosas, y en el fondo no. Es como querer y no querer, como amar y no amar. Como adorar a la vez a la noche y al día. A la nieve y al fuego.
Me haces sentir frío, después me arropas.
Cómo será la vida de los otros? la historia de los otros? Sus gustos, sus anillos, sus zapatos. Sus libros. Qué libro habrán comprado hoy que tampoco leerán? Qué disco? Qué canción estará escuchando esa chica de pasos decididos? Aquí nace y aquí muere. Sus pasos irán al ritmo de la música o de sus pensamientos?
Pasos fuertes, decididos. Como los míos. Con ganas, con tensión. Con ilusión. Los pasos creaban flores. Margaritas. ¿Recuerdas las margaritas?¿Recuerdas el aroma a dulce? La visión de lo dulce. El aspecto, la densidad, la fuerza. La música. Siempre la música. Como sus pasos. Lucha.
Lucha por cada paso, por cada lágrima. Tan importante era? Más que yo? Que mi ilusión? Que mis ganas? Que mi fuerza? Era más fuerte que yo?
Qué vale más que yo? o...¿valgo yo más que algo, realmente?
En realidad nada importa porque no existen, esos pasos decididos hoy no existen porque todavía no me he levantado.
viernes, octubre 26, 2007
En italiano
Adoro la seguridad que me da el calor de tus manos cuando contrasta con el viento frío que golpea mi cuello. Ese frío de los días de invierno. Ese frío del agua calando debajo de mi ropa en los días de lluvia. El frío que me consume en esos días en los que no estás conmigo. Otro invierno…y duermo sin ti. Te necesito, necesito tu risa, sentir la felicidad de tus lágrimas mientras me besas. Te doy mi vida, te desvelo mis sueños, te regalo mi alma, pero a cambio quiero las buenas noches de cada noche de mi vida. Déjame escuchar cada latido que, como notas, crea tu corazón. Ese corazón que es mío. Que late conmigo. Que siente conmigo. Deja que marque el ritmo de tu corazón con mis dedos. Pero sobre todo ámame en italiano el resto de tu vida, como yo te amaré, mezclando con el francés, el resto de la mia.
Aroma a canela, dulce sabor a café. Eso eres
Un día despertó y pensó: qué sería de su vida sin ella? Sin la sonrisa. Sin esa sonrisa. El miedo, el pánico, la tristeza inundó su pensamiento; su corazón dejó de latir reflejando así su asombro. Él, al igual que su mente lo habían comprendido…Moriría…Blanco. Sin esa sonrisa no era nada. Rojo. Sin esos besos no era nada. Sin esos ojos dejaría de existir…Negro…Sin ella nada tendría color. Las piedras no harían ondas en los ríos, ni el azúcar sabría dulce. Sin tu olor las rosas no tendrían aroma, ni los pasteles texturas… Otra última palabra antes de dormir…lo suplico. Dame otro beso antes de despertar. Blanco, rojo o negro. Olor a canela, gusto a café. Solo te pido otro, otro beso de ron entre mil susurros de miel.
lunes, septiembre 25, 2006
Al compás de la tormenta
Seguí como siempre, caminando hacía ninguna parte hasta que me topé con una joven que lloraba. No vi su rostro hasta que al levantar la vista y secarse las lágrimas me pidió un pañuelo. ¡Ojala nunca hubiera mirado esos ojos que me robaron la conciencia del mundo en el que me hallaba y me poseyeron por siempre! intenté seguirla pero era rápida. Los pliegues de sus ropajes danzaban con el viento como lo hacen las hojas en los días de tormenta. De pronto tropezó, con tal dulzura que sentí que el mundo se paraba para contemplarla. Cuando llegué ya era tarde, se incorporó para besarme, cerré los ojos durante lo que me pareció un siglo, y volví a la realidad al sentir un pinchazo que me robó la gota de sangre que le dio el color a sus flores. Sus brazos se convirtieron en ramas, sus dedos se volvieron hojas y sus ojos se tornaron rosas. Lloré hasta que no pude más, hasta que la belleza ya era demasiada y el pensar que la había perdido secó mis lágrimas al descubrir que eran ellas las que regaban la tierra donde mi amada crecía. Cada año para celebrar nuestro encuentro hay una rosa que nace, y en sus pétalos recuerdo su rostro y el color de mi sangre, la dulce sensación de que ella me poseerá por siempre, la belleza de recordar su cuerpo cuando sus hojas danzan al compás de la tormenta.
En Griego
La música sonaba pero ella seguía enfrascada en que la catedral no podía estar muy lejos. Pero de pronto la melodía cambió. Paró y se tumbó en el cesped. Le parecía que ahora mismo nada más importaba, eran ella y las flores, el contacto frío con la hierba y unas notas de fondo. Una mariposa se posó no muy lejos, contó los segundos que estuvo así, quieta, haciéndole compañía hasta que al terminar la melodía en un fa la mariposa se fue dejándola sola. ¿Y ahora qué podía hacer? Estaba sola y ya era tarde para no pensar. Pero el momento era demasiado preciado como para no decir nada.¿Quizás los peces lo sabían? A veces las flores cantaban, sí, pero no en francés como todo el mundo, cantaban en griego, como sonaban los pájaros. Tal vez ellos lo sabrían. Y pensar que había encontrado la felicidad. Tanto tiempo buscando para encontrarla en la conversación que los pájaros mantenían con el viento. Si fuese un pájaro y hablase en griego quizás no pensaría en ti, o tal vez te pensaría en sueños y discutiría eso con el viento; olvidaría el griego y solo podría silbar a causa de no tenerte. Como hacen los pájaros, la mayoría han olvidado el griego y solo los que son capaces de encontrarte, los que te han visto pasar, vienen y me dicen al oído que hoy parecías más feliz que nunca y que aunque apenas me recuerdas no has perdido el brillo de los ojos con los que me mirabas cuando, en griego, te decía te quiero.
viernes, junio 30, 2006
12-02-2006
Cuando ellos se separaron las luces se apagaron detrás.
Después de una noche sin dormir llegó a su habitación y miró por la ventana. Al principio no vio nada, pero al bajar la vista se dio cuenta de qué forma podían unirse tan fielmente dos personas que, quizás, ni siquiera se conocían realmente.
Un beso unido a una conversación un tanto estúpida puede hacer que desees por encima de todo estar a su lado, para que vuelva a pedirte otro beso, como el primero pero aún más imposible.
Al despedirse la besó en la mano, se separaron y siguieron su camino. Hasta mañana quizá, o tal vez hasta nunca recordándole en mis pensamientos para siempre.
Cuando no puedes dormir es como si todo se hiciese más intenso. La noche te contagia de su melancolía y te obliga a mirar al ombligo del mundo buscando entre tus propios intentos. Al ver las luces piensas en personas con ventanas abiertas que esperarían toda la noche hasta ver pasar un reflejo que escribiese su nombre. Luces, miras y ves luces. Reflejos de historias inexistentes, increíbles o simplemente de amor. Es como comprender a alguien que habla un idioma que tú no conoces y, sin palabras, enamorarte, como te enamoras de la noche cuando ella ni siquiera sabe que sigues despierto.
Después de una noche sin dormir llegó a su habitación y miró por la ventana. Al principio no vio nada, pero al bajar la vista se dio cuenta de qué forma podían unirse tan fielmente dos personas que, quizás, ni siquiera se conocían realmente.
Un beso unido a una conversación un tanto estúpida puede hacer que desees por encima de todo estar a su lado, para que vuelva a pedirte otro beso, como el primero pero aún más imposible.
Al despedirse la besó en la mano, se separaron y siguieron su camino. Hasta mañana quizá, o tal vez hasta nunca recordándole en mis pensamientos para siempre.
Cuando no puedes dormir es como si todo se hiciese más intenso. La noche te contagia de su melancolía y te obliga a mirar al ombligo del mundo buscando entre tus propios intentos. Al ver las luces piensas en personas con ventanas abiertas que esperarían toda la noche hasta ver pasar un reflejo que escribiese su nombre. Luces, miras y ves luces. Reflejos de historias inexistentes, increíbles o simplemente de amor. Es como comprender a alguien que habla un idioma que tú no conoces y, sin palabras, enamorarte, como te enamoras de la noche cuando ella ni siquiera sabe que sigues despierto.
Tienes miedo
No era una pregunta, era una afirmación. No intentaba descubrir mis sentimientos porque ya los conocía. Adoro la forma en la que siempre me sorprende cuando hallo mis pensamientos en los suyos, cuando sé que me está mirando y, aunque no presto atención a nada más, no miro porque tengo miedo, miedo a toparme con la sinceridad que me observa y enamorarme por siempre. En ocasiones escribo pensando en cómo lo sabe, cómo sabe que puedo amar pero no quiero, amando como amo cada nota que llega a mis oídos, como si saliesen de sus manos recordándome cada una de mis promesas. ¿Vergüenza de qué? ¿De no cumplirlas o de pagarlas como si fueran deudas?
Yo solo tengo vergüenza de una cosa, de releer deseando volver a recibir tus cartas, de que entre la vainilla o la canela siempre aparezcas rozando el chocolate, y vergüenza de tener miedo a que un día te alejes y se alejen contigo mis esperanzas de creer. Pánico a que un día no quieras escuchar mis te quiero por muy alto que los grite, porque ya solo me quedan tus palabras que, aunque nunca creí que lo diría, son mi vida.
Yo solo tengo vergüenza de una cosa, de releer deseando volver a recibir tus cartas, de que entre la vainilla o la canela siempre aparezcas rozando el chocolate, y vergüenza de tener miedo a que un día te alejes y se alejen contigo mis esperanzas de creer. Pánico a que un día no quieras escuchar mis te quiero por muy alto que los grite, porque ya solo me quedan tus palabras que, aunque nunca creí que lo diría, son mi vida.
Vaho
Tumbada sobre las heladas piedras sonreía, contemplando su propio vaho como si fuera humo.
Una noche de estas en las que prefieres pensar a dormir, eliges el recuerdo antes que ningún presente.
Tal vez solo lo decía por decir, o quizás solo lo seguía por no decir que no. Porque... ¿Por qué no?
¿Por qué siempre decía que no a cada atisbo de comprensión o de confianza? ¿Por qué siempre se aferraba a sus oídos, solo a los suyos, volviendo a llamarla, a suplicar, a amar siempre a la misma estrella?
Adoraba sentarse cada noche a contemplar el cielo, esperando ver una estrella fugaz a la que nunca le pedía un deseo, porque (siempre hay un porque) le dijeron que jamás se cumplían. Entonces, ¿por qué rogar siempre la misma luz, con la misma intensidad y el mismo exacto dolor?
Quizás era esa estrella la que hacía que las piedras no estuviesen tan frías, o la noche tan oscura, porque, tal vez, iba cada noche con el frío, el silencio y el miedo porque le encontraba sentido. Le merecía la pena volver al dolor de sus recuerdos si a cambio podía soñar de nuevo; soñar que el vaho de sus palabras se unían con el susurro de sus te quiero.
Una noche de estas en las que prefieres pensar a dormir, eliges el recuerdo antes que ningún presente.
Tal vez solo lo decía por decir, o quizás solo lo seguía por no decir que no. Porque... ¿Por qué no?
¿Por qué siempre decía que no a cada atisbo de comprensión o de confianza? ¿Por qué siempre se aferraba a sus oídos, solo a los suyos, volviendo a llamarla, a suplicar, a amar siempre a la misma estrella?
Adoraba sentarse cada noche a contemplar el cielo, esperando ver una estrella fugaz a la que nunca le pedía un deseo, porque (siempre hay un porque) le dijeron que jamás se cumplían. Entonces, ¿por qué rogar siempre la misma luz, con la misma intensidad y el mismo exacto dolor?
Quizás era esa estrella la que hacía que las piedras no estuviesen tan frías, o la noche tan oscura, porque, tal vez, iba cada noche con el frío, el silencio y el miedo porque le encontraba sentido. Le merecía la pena volver al dolor de sus recuerdos si a cambio podía soñar de nuevo; soñar que el vaho de sus palabras se unían con el susurro de sus te quiero.

